Ya con el chicler de alta cambiado (las motos, no nosotros), que un par de días antes logré que lo realizaran en el taller, emprendimos el viaje rumbo a Coroico.
Con toda la intención de salir temprano, cosa de evitar el tráfico infernal de La Paz, nos levantamos y preparamos las cosas, de igual manera antes de las 9 no estábamos en la calle, cosa que para esa hora el tráfico ya ha sido tomado por satán!
Estudiamos antes el mapa de la ciudad, tratando de evitar el centro (aunque todas las calles son difíciles), y encaramos para las yungas. Salimos a la avenida Montes y luego la av. Uruguay, que es bien empinada y llena de colectivitos que paran exactamente delante de uno sin luz de freno, para doblar por la avenida Sucre, que es la que nos sacaría de la ciudad. Una vez allí, lenta pero constantemente, fuimos detrás de la larga fila de “movilidades”. Con Flor a veces íbamos a la par, a veces nos distanciábamos con uno o varios vehículos entre medio, lo cual hacía que me quede a un costado hasta verla por el retrovisor y seguir.
En una de esas, se aparece un motoquero local en una Harley Davidson, (sí, en La Paz he visto mas Harley que en toda Argentina) y con señas de amistad se frena mas adelante y nos pregunta a donde vamos, le decimos nuestro destino y muy amablemente se ofrece de guía por la complicada trama de calles hasta salir de la ciudad.
Ahora no sólo me preocupaba que mi compañera no se me quede, sino debía controlar que el otro no se me vaya, así fuimos un trecho bastante largo por empinadas avenidas, hasta salir de la ciudad donde nuestro guía se paró y nos indicó el resto (más subidas hasta llegar a los 4900 msnm).
Con las gracias dadas y sin tantas movilidades frenándonos delante, empezamos a disfrutar del viaje, un paisaje de montaña cada vez más imponente y claro, subiendo constantemente. Constatamos aquí lo bien que hicimos en hacer el ajuste al carburador, ya que las motos subieron sin problemas y a una velocidad considerable cosa que en el camino a La Paz sufrimos con las motos tosiendo ni bien pisaban los 3900.
Luego de subir, se llega a una especie de meseta, en donde el frío se siente un poco, y se ven varios picos de la Cordillera Real a un costado, en un punto hay un par de carteles (que no llegamos a leer bien, aunque creemos decía el Huayna Potosí) y una laguna azul al costado con muchas gaviotas revoloteando. En un montículo elevado una serie de casillas (si, otra feria en medio de las montañas), un Cristo Redentor, muchos autos estacionados y gente rezando no sé bien si a la pachamama o al Cristo, ya que había un monton de ofrendas, como ser cervezas (vacias claro), vinos, etc.
Seguimos, y partir de allí todo es bajada, y enseguida uno comienza a ver el cambio de geografía, es una cosa impresionante, uno pasa en pocos kilómetros del paisaje yermo, ventoso, plano, soleado y frío de la puna, sube y atraviesa las montañas de la Cordillera Real, y baja a la humedad, calor, nuboso, y verde, mucho verde, del paisaje de las Yungas. Por la quebrada se comienzan a ver las nubes que quedan atrapadas en las laderas de las montañas, y la vegetación comienza a aparecer, cada vez más frondosa, más aromas a flores, pastos, yuyos, más sonidos a pájaros y a vida dentro de esa vegetación.
De igual manera todo sigue a una altura considerable, precipicios por todos lados y camino de cornisa todo el tiempo, pero todo de bajada, se baja de los 4900, que está el abra del camino, hasta los 1000 aproximadamente, en los valles de las Yungas. Fuimos bajando con curvas y contracurvas y paisajes soñados y poco lugar para frenar y quedarse, en algún momento veíamos como las nubes creaban un flujo ascendente al chocar con la montaña y nosotros las atravesábamos, cosa que me provocaba risa ya que parecíamos flotar, cruzamos infinidades de puentes que parecían colgados de la nada, ya que abajo era todo blanco. En una de esas vueltas uno puede optar entre seguir por el camino pavimentado, o tomar la ruta antigua a Coroico, llamada marketineramente “la ruta de la muerte”, que es de tierra y tiene otro trazado, aún sigue funcionando y se la puede transitar, es de un sólo carril y más se usa turísticamente para largarlos en bicicleta a los gringos, que para la comunicación.
Nosotros decidimos seguir por el pavimento, por el peso, por el cansancio, etc, y tomamos el túnel que es de unos 2 km de largo, nos sigue una movilidad, que ni por casualidad lleva encendidas sus luces y salimos a una sola masa blanca de vapor de agua atrapada en la cordillera, una lástima porque allí el camino va exactamente por los filos de las cumbres de las montañas, con lo cual hay precipicio a ambos lados de la ruta, pero mas allá de la baranda todo era blanco, y se puso cada vez más espeso, y cada vez más, hasta convertirse en una tapia blanca que no dejaba ver a más de unos cinco metros, dejamos pasar a la movilidad (que a pesar de la niebla espesa no se dignó a prender sus luces) y seguimos casi a tientas ya que era más peligroso parar al no haber lugar donde y que además muy posiblemente eso seguiría así casi por siempre, siguiendo las líneas del pavimento fuimos bajando lentamente, intuíamos los precipicios a los costados cuando pasábamos un puente, ya que era un poco más claro, en un rato alcanzamos a la movilidad que tuvo que ir más despacio ya que no se veía nada, y detrás de ellos, a una distancia prudente, seguimos bajando.
Ahora sí tenía una débil luz del lado izquierdo que se encendía cuando frenaba, pero ir detrás nos daba más seguridad, serán unos tarados para manejar pero quién mas que ellos conocen el camino, así fuimos un tiempo, que pareció una eternidad, el kilometraje indicaba que faltaba aún casi 40 km para Coroico, y no pasábamos de los 30 km/h, con lo cual respiré profundo y me hice la idea que las próximas horas la concentración debía ser máxima, sin errores, y a bancarse el agua en la cara; ambos debimos levantar la visera del casco ya que la niebla tiene ese efecto de dejar las minúsculas gotas de que está hecha, y hacer imposible ver a través de ésta, por suerte estábamos con todo el equipo, con lo cual la mojadura que todo tuvo no nos afectó, salvo la cara (por suerte las pestañas demuestran toda su funcionalidad en estos casos).
Cuando quisimos acordar, ya habíamos bajado lo suficiente como para estar debajo de la nube, la niebla comenzó a disiparse, la movilidad se animó y aceleró, y comenzamos a ver el hermoso paisaje verde y montañoso que se nos ofrecía, enseguida pegó el sol, y el calor comenzó a hacernos transpirar, pero ya lo peor había pasado. Al rato comenzamos a ver a Coroico, casi a la misma altura de donde estábamos, aunque seguíamos bajando, y de hecho se baja hasta un río entre medio de la selva, para luego volver a subir al pueblo ahora por un camino de ripio, super empinado por unos 9 km, ya que el pueblo está en la falda de un cerro el Uchumachi, en el cruce de dos quebradas con ríos de deshielo abajo.
El lugar es hermoso, mucha vegetación, color, árboles frondosos, sol, paisajes increíbles, y dos nevados de la Cordillera Real custodiando desde lo lejos todo, uno hacia el oeste y otro hacia el sur.
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